La cabrona soledad

«Y de repente me doy cuenta que la soledad jamás me abandonó porque la soledad soy yo.»

Eran las 10:00 p.m. cuando llegó a casa, estacionó el coche, apagó el motor deseando que con él se apagaran todas sus dudas y miedos. Las ganas de entrar a la casa eran nulas. Aquella casa se veía tan grande aun cuando no lo era; mas debía entrar y enfrentar a la soledad que, desde que el amor huyó por la ventana se adueñó de cada rincón. Debía hallar una forma de sacarla de ahí o de plano hacerla su aliada. Estaba más que claro que se había instalado ahí por una razón que aún no quería aceptar: La huída del amor.

— Bienvenida a casa, Lisa. Te estaba esperando. ¿Por qué has tardado tanto en entrar? ¿Tanto miedo te provoco? Por tu cara pareciera que me odias. Ven, siéntate en el sofá, vamos a hablar.
Lisa arrojó su bolso sobre la mesa y sin decir una sola palabra obedeció.
— No enciendas la luz, es mejor así, a oscuras. Me da gusto verte, aunque a ti no te agrade del todo. Sé que te sorprende haya vuelto; ¿es que acaso olvidaste los viejos tiempos? ¿Recuerdas cuándo nos quedábamos horas y horas disfrutando una de la otra, hablando tonterías hasta quedarnos dormidas? No teníamos horario ni que hacer cita para estar conmigo, pues yo siempre estaba ahí para ti. Me duele me hayas olvidado pronto y, más aún, me tengas miedo.
No es miedo, —respondió Lisa— Es simplemente que me siento culpable, no sé cómo mirarte a los ojos. Tengo vergüenza.
— No deberías, no te estoy reprochando nada. Puedo entender perfectamente que cuando llamó el amor a tu puerta yo tenía que irme. Es cierto, me dolió no te despidieras de mí, sin embargo; aquí estoy, acompañándote en los momentos más difíciles. No deseo me veas como tu enemiga porque no lo soy. Al contrario, sabes que puedes confiar en mí y que jamás te defraudaré.
Lisa rompió en llanto al escuchar esas últimas palabras. Cosa curiosa que esas mismas palabras antes la habían hecho sentir inmensamente feliz.
— Llora, Lisa, por mí no te detengas. Te necesito fuerte y sé que lo serás después que elimines todo ese dolor que tu corazón siente ahora. Tenemos tiempo de sobra, y yo no llevo prisa.
— Ya no quiero llorar. Me duelen los ojos. Me duele todo. Dime, ¿qué voy a hacer ahora que todos mis sueños se han ido con él? dijo por fin Lisa.
— En primer lugar, no hables como si no existiera. Estoy aquí para ayudarte. ¿Qué vamos a hacer? Sencillo, lo mismo que antes, charlar hasta quedarnos dormidas, reírnos de todo y todos los que ven mal nuestra relación. Invitaremos al sabio tiempo a que nos responda todas esas dudas que vayan saliendo en lo que me vuelva a ir.
— No quiero que te vuelvas a ir. No quiero me abandones tú también.
— No me iré del todo, Lisa. Sabes que siempre estaré para ti cuando lo necesites. Necesitas volver a creer, creer en ti y que en algún lugar está esperándote el amor, ese amor que tanto anhelas.
— Ya no sé en qué creer. Tú estás viendo el resultado de toda esa falsa creencia. ¡Mírame! ¿Acaso no te basta cómo estoy ahora por creer en todas esas falsas promesas que el amor me hizo?
— Pero fuiste feliz mientras permaneció a tu lado, o ¿me lo vas a negar?
— Inmensamente feliz; pero…
— Pero nada, Lisa. «Toda historia tiene un final, todo final en la vida es un nuevo comienzo.» ¡Vamos! ¿Te vas a dejar vencer por un fracaso? Creo que no, te conozco. Sé que te sientes decepcionada, defraudada. No eres la primera ni tampoco será la última vez. Tienes todo a tu favor. Me tienes a mí.
— ¿Y eso de qué me sirve?
— De mucho, algún día lo entenderás.
— En fin, supongo que no me queda de otra que darte la bienvenida. ¿Cuánto tiempo vas a quedarte?
— Todo el que creas necesario.
— Para siempre, ¿se podrá?
— Eso es mucho tiempo; pero está bien. Me quedaré.
— Bien, ¿te puedo ofrecer algo? ¿Café, té, tequila?
— No cambias, ¿olvidas la última vez que nos echamos ese tequila? No, no, mejor un café. Ya sabes cómo me gusta.
— Lo sé, negro y sin azúcar.
— Así mismo, como te gusta a ti. Vamos a la cocina que te ayudo a prepararlos, cabrona.
— Adoro cuando me llamas así.
— Eso eres. Una cabrona.

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¿Verdad o mentira?

«Tenemos solo dos opciones en la vida, o bien permanecer cuerdos con mentiras o volvernos locos con la verdad.»

 

Se puede escribir desde el hastío, desde el hartazgo.

Se puede teclear sin nada que decir. Hablar de tantas que lastiman. De tu ausencia que me mantiene secuestrada en algún  rincón del espacio.

Colgada.

Ser mero holograma en tu existencia, un pendiente que pende en el vacío.

Y aquí estoy sin poder hacer nada, abrazada a tu esencia mientras otro corazón de carne y hueso araña tu piel a hurtadillas, a escondidas.

Y yo, como siempre, me quedo rumiando el pasto del olvido.

Desgarrada.

Ansiosa por descubrir tu verdad. Tu mentira.

Si no estás conmigo nada es cierto, todo es incierto; pero no me quedo quieta, no es mi estilo. Asalto tu cama y tu alma en otro cuerpo que igual busca amor en mi cuerpo.

Esto somos: Mentiras que conjuga verdades a través de falsedades.

Verdad, mentira y viceversa.

Matarse y no saber dónde comenzó el engaño.

¿Te amo? ¿Me amas? ¿O amamos a otra persona que igual es referencia en nuestros sedientos cuerpos?

 

Llámame cielo

«Llámame cielo cuando conozcas mi infierno y, aun así, puedas amarme.»

Conociste mi infierno; pero fuiste incapaz de amar a mis demonios. Te asustaron tanto que huiste antes de que terminaran por matar el amor que sentías por mí… y aun cuando pueda parecerte raro, te estaré eternamente agradecida de que así lo hayas hecho.
Incluso a mí me dan miedo de cuando en cuando; pero no puedo hacer nada en contra de ellos, forman parte de mí, y he aprendido a amarlos a pesar de todo, mis demonios son los únicos que nunca me han abandonado, han permanecido conmigo cuando todos se han marchado.
Por eso no puedo exigirte que los ames, sería muy injusto de mi parte imponértelos sabiendo que a la larga podrían destruirte…
Era mi deseo ser tu final; pero no de ese modo, amor.
Perdona que no haya tenido el valor de detenerte, que haya sido tan cobarde y haya cerrado los ojos para no verte partir.
Perdona que no te haya dicho adiós; pero a un amor como el tuyo es imposible no querer sentirlo una vez más.

Prueba de amor

«Alejarse también cuenta como la más grande y hermosa prueba de amor. La del amor propio.»

Y así fue como decidí, un día, demostrárnoslo. Más a mí que a ti…

Cansada de no entender tus palabras ni tus razones por las que, una tarde, fuiste tomando distancia y expulsando ensordecedores silencios ante mi insistencia por salvar lo poco que quedaba de nosotros,
Todos mis intentos fueron inútiles, algo ya se había roto y no había manera de repararlo.
Mi mayor miedo desde que comenzamos nuestra historia era perderte. Al final, lo logré.

Te perdí por culpa de mis ataques de celos, mis reproches e inseguridades.
No solo te fuiste, también callaste y me zambulliste en tu inmenso silencio como esperando ahogar mis súplicas en el fondo de tu indiferencia.

Cualquiera en tu lugar hubiera hecho lo mismo, incluso yo.

No te culpo, no es fácil entenderme, no es fácil acoger mi manera de amar, de entregarme, de darlo todo, hasta lo que no sabía que tenía.
Da miedo, yo lo sé; pero es que yo no sé amar como la mayoría, no sé amar a medias, ni a distancia ni a destiempo ni en silencio; cuando amo, amo entera, haciéndome sentir cerca, a toda hora y a los cuatro vientos.

Quizá fue demasiado; pero no fue suficiente.

Y fue así que, una noche, respetando tu derecho a guardar silencio, decidí demostrarte cuán grande era y es mi amor por ti.

Me alejo no porque haya dejado de amarte, no porque tenga el deseo de que recapacites con mi ausencia, sino porque así como tú, yo también me protejo, yo también amo mi libertad y valoro mi tiempo. Y sobre todo, porque te amo y quiero que seas feliz, aun cuando esa felicidad no sea a mi lado.